Entre 2005 y 2017 fui la fisioterapeuta del Club Baloncesto Breogán. Doce años seguidos, primero en ACB y después en LEB Oro. Era la única fisio del equipo.
Lo dejé cuando fui madre. Desde entonces voy al pabellón como una aficionada más.
Cuento esto aquí no por el escaparate, sino porque casi todo lo que hago hoy en la clínica lo aprendí allí.
Cómo era el trabajo
Ser la única fisio significa que la plantilla entera pasa por tus manos. Once o doce jugadores, nueve meses al año, sin nadie con quien repartirlo.

Vendajes a pie de pista minutos antes de saltar. Tratamiento en la camilla entre un partido y el siguiente. Sesiones en la habitación del hotel durante los desplazamientos, porque el calendario no espera a que llegues a casa. Y salir a la pista cuando alguien se queda en el suelo, sin saber todavía qué tiene y con el pabellón entero mirando.

Ahí no hay agenda de citas. Hay un calendario que no se mueve y una jornada detrás de otra.

Lo más duro
Las lesiones largas.
Cuando pasas una temporada entera con un vestuario, la relación deja de ser solo profesional. Los jugadores cambiaban casi cada año, pero nueve meses de viajes, camillas y horas muertas dan para conocer a alguien bien. Conoces a su familia. Sabes lo que se juega.
Y cuando uno se lesiona de verdad —de los que están meses fuera— no hay nada que puedas hacer para acortarlo.
Estar al lado de alguien sabiendo que no puedes arreglarlo es la parte del oficio de la que nadie habla. Y es la que más me marcó.

Lo mejor
Lo contrario, y era casi siempre lo mismo.
Conseguir que un jugador que en principio no iba a poder jugar un partido importante acabara estando. Y que además ayudara al equipo.
No es magia ni es forzar a nadie. Es valorar bien, decidir con criterio hasta dónde se puede llegar, trabajar contrarreloj y saber exactamente cuándo la respuesta tiene que ser no.
Eso es lo que me llevé, y es lo que hago ahora todos los días. Solo que el partido importante ya no es un partido: es una boda, una carrera que llevas un año preparando, volver al trabajo, o poder coger a tu nieto en brazos.
Y una más personal
Perder el cuarto partido de la eliminatoria contra Ourense.
Ahí no había nada que valorar ni nadie a quien tratar. Solo estaba de pie, viéndolo, como cualquiera de los que estaban en la grada. Doce años y lo que se me quedó grabado fue eso.
Supongo que después de tantos años una deja de ser solo la fisio.
Lo que me traje a la clínica
Tres cosas, y las uso a diario:
Decidir rápido y con poca información. En un partido no puedes pedir una resonancia y esperar dos semanas. Aprendes a explorar bien y a fiarte de lo que ves.
Distinguir la molestia que aguanta de la que hay que parar. Es la pregunta que me hace todo el mundo, sea jugador o no: «¿puedo seguir?». Doce años contestándola.
Decir que no cuando todos quieren un sí. El jugador quiere jugar, el entrenador quiere que juegue, y a veces la respuesta correcta es que no. Contigo funciona igual: si creo que seguir te va a empeorar, te lo voy a decir.
Y ahora, otro presente
Fueron doce años preciosos y no los cambiaría por nada. Pero tampoco cambio lo que tengo ahora.
La clínica me permite algo que con un calendario de competición no existe: organizar mi tiempo y estar con mi hijo. Y me sigue dando lo que más me gustaba de aquello, que era ver a alguien volver a hacer lo que quiere hacer.
Eso no ha cambiado. Solo ha cambiado de escenario.

